Verdad vs ficción vs verosimilitud

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Es posible que Mark Twain fuese el primero en formular la idea de un modo tan transparente: “La verdad es más rara que la ficción, porque la ficción está obligada a ajustarse a las posibilidades; la verdad no”. Lo publicó en un epígrafe de un libro de viajes de 1897 titulado Following the Equator: A Journey Around the World y, desde entonces, la máxima ha sido reformulada por muchos otros autores que han ido añadiendo o quitando a una sentencia que permanece fresca y en vigencia en el estudio teórico y práctico de toda obra de ficción realista con hambre de verosimilitud. Destaca la de G.K. Chesterton: “La verdad tiene que ser por fuerza más rara que la ficción, ya que la ficción es un producto de la mente humana y, por ello, debe ser congénita a ella”. En resumen: que un hecho haya sucedido en la realidad no significa que sea un hecho creíble y, por ello, un hecho válido para ser plasmado en una obra de ficción, ya sea una novela o una película. Sigue leyendo

Nuevos tiempos para el gallinero

El nombramiento de Màxim Huerta como ministro de Cultura y Deporte no puede no gustarte. Esto no es prescripción, sino información: prohibido criticar a Màxim Huerta. Preciosa oportunidad, la del nombramiento del escritor y periodista en el Ejecutivo de Pedro Sánchez, para tomarle la temperatura al estado actual de Twitter y, más en concreto, a la manera en que fluctúan las llamadas opiniones mayoritarias en la red social gallinero. Sigue leyendo

Cuatro fotografías para un atentado

Poco después de que ayer lunes un terrorista matase a tiros al embajador ruso en Turquía, y antes de que un camión atropellase hasta la muerte a nueve personas en Berlín (empujando el asesinato del diplomático a un inevitable segundo plano informativo ), mi amigo y yo tuvimos una conversación sobre unas fotos. Durante unas horas, antes de que la masacre berlinesa se llevase por delante toda la atención informativa, las webs de actualidad abrieron con la misma noticia y cuatro fotografías diferentes que comento a continuación.

La primera (que muestro al final de este párrafo), es la favorita de mi amigo, y fue tomada en pleno centro de la tormenta, con el fotógrafo todavía asimilando la manera en que la atmósfera de esta galería de arte de Ankara acababa de cambiar de color y textura: aquello había dejado ya de ser sólo un acto de presentación de unos cuadros. Esto se aprecia gracias al caótico desencuadre, a la ausencia de armonía, a la incorrecta temperatura del color (demasiado cálida)  y, sobre todo, a ese intrusivo poste negro a la izquierda que nos grita cómo de imprevisto fue el momento en el que el reportero apretó el disparador.2

La segunda es la que pasará a la historia. Por completa, por equilibrada y por haber sido la que eligió el New York Times en su edición digital e impresa. En mi humilde opinión, es una fotografía casi perfecta: magnética, nuestra mirada acude rauda a ese rostro y a ese dedo índice que tan bien se bastan por sí solos para ser resumir una época. Luego el cuerpo (dolorosamente derrumbado en cruz), la pistola en manos del fanático (confirmación del mensaje inequívoco que solo un hombre armado con ese gesto es capaz de transmitir), las gafas de su víctima, relegadas a un plano anecdótico (cierto simbolismo de pérdida, de ultraje ante el abandono de tan importante accesorio) y, finalmente, los cuadros, los más inocentes de esta historia (la cultura relegada al olvido, reducida como algo secundario frente a la barbarie).

Mi amigo seguía prefiriendo la primera imagen, y yo le pregunté que si se encontraba bien, que si fiebre o mareos. La fotografía del NYT lo tiene todo. O casi todo.1

Si digo que me parece casi perfecta es porque, como apuntó mi amigo, en cierto modo, esta imagen tiene un aroma propagandístico bastante palpable. A diferencia de la primera imagen, en ésta el lenguaje corporal del hombre nos confirma su condición de terrorista en pleno acto de reivindicación mientras que, en la otra, y a falta de más información de contexto, podríamos estar viendo a un simple guardaespaldas, y no a un supuesto guardaespaldas.

Por eso la tercera imagen me gusta tanto, y por eso aún no tengo claro cuál es la mejor, porque en ella se muestra el miedo que despierta este fanatismo. Con la inclusión al fondo de la foto de los presentes en el museo al tiempo que víctima y verdugo comparten protagonismo, el cuadro se completa. Y de esto es de lo que trata el fotoperiodismo, de congelar un momento del modo más completo posible y con la mayor cantidad de elementos que nos ayuden a reconstruir un relato.  La tercera imagen incluye, además, al valiente fotógrafo de AP (autor de las dos primeras imágenes) en plena faena. Lo tiene todo, pero le falta el punch estético de la segunda, que es la que pasará a la historia porque todo en ella es transparente, ninguna necesidad tenemos de pensar: podría ser el póster de una película, la ilustración de alguna octavilla del ISIS.

La grandeza de la tercera foto está en la rauda disposición de todos los elementos de la historia: podemos ver a algunas personas tumbadas mientras que otras, de charleta, ni siquiera han tenido tiempo de entender lo que está sucediendo.

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Para terminar, y a modo de mención honorable, nos encontramos con esta cuarta imagen en la que el embajador asesinado reclama todo el protagonismo. Una enorme mole que yace rendida y como siendo pisoteada por el delgado (y con pose James Bond) asesino. Es una fotografía interesante por lo macabra que resulta y por cierto juego de perspectiva que nos hace imaginarnos al terrorista en pie, victorioso, encima de la barriga del embajador. La forma en la que le da la espalda a su víctima acentúa ese desapego por su vida aunque, de nuevo, a la imagen le faltan elementos auto explicativos: podría tratarse de un guardaespaldas en plena faena (de hecho, el tipo era un policía). Si volvemos a la segunda, veremos sin asomo de duda que nunca ningún guardaespaldas en ninguna circunstancia combinará ese rostro de rabia con ese dedo apuntando al cielo.

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Por eso es la que recordaremos; toda una obra de arte tomada por Burhan Ozbilici, un hombre que empezó el día pensando que iba a cubrir la presentación de una colección de fotos sobre Rusia, todavía sin saber que se volvería a casa con un trozo de historia y, si acaso, la fotografía más importante de su vida. Según ha relatado en una entrevista con AP, el bueno de Burhan ni siquiera tenía pensado en un principio ir a la galería: fue porque le pillaba de camino a casa de vuelta de la redacción.

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Daft Punk Unchained: sólo para neófitos

Daft Punk Unchained es un documental correcto que podría haber dado mucho más de sí. Le falta algo de ritmo y tiene ciertos errores, a mi humilde parecer: si no sabes que Kanye West hizo una versión de Stronger, tienes que adivinarlo, ya que la aparición del rapero en el documental es confusa: apenas le dedica una oración al conjunto francés para, seguidamente, zambullirse en una de sus ya habituales diatribas existenciales (que han terminado por mandarle, hace una semana, a una clínica psiquiátrica, por cierto). La contribución de Kanye al reportaje bien podría resumir un defecto que se repite en varias ocasiones más: minutos de metraje que no tienen mucha relación con la vida y obra de Daft Punk. ¿A qué viene, por ejemplo, ese minuto de rap de Kanye sobre el escenario? Es una pregunta que el espectador neófito se hará en numerosas ocasiones durante el visionado de Unchained: ¿a qué viene esto? Y aunque la respuesta (en caso de haberla) llegue después, no es así cómo debería funcionar esto.

Hay ciertos saltos breves temporales y omisiones que confundirán a los no entendidos. He echado de menos más información (¡y música!) sobre el trabajo de Daft Punk en la BSO de Tron. Dado que se trataba del tercer trabajo ‘serio’ del conjunto después del relativamente accidentado segundo disco, me parece insuficiente centrar el relato de esta BSO en el desafío que supuso trabajar a las órdenes de un gigante como Disney para un grupo que pretendía conservar el anonimato y la libertad total de las decisiones creativas.

Quizás en una involuntaria premisa de guardar coherencia con el espíritu anónimo del conjunto, el documental apenas nos brinda información privada sobre los orígenes de estos dos muchachos que, sospecho, no sufrieron precisamente de problemas económicos a la hora de gestar su arte. No habría estado de más recalcar esta sana vida pudiente a la hora de destacar que los Daft Punk pre-Discovery rechazaron colaborar con “grandes como Madonna o George Michael”. Es una constante a lo largo de la película: piezas del puzzle que el espectador tiene que deducir en lugar de digerir.

El documental tiene zonas brillantes, por supuesto, pero éstas parecen nacer más por pura inercia inevitable (Daft Punk tiene una historia que se cuenta sola) que por verdadera maestría a la hora de escribir un guión que parece responder a unas prisas inexplicables. Errático de principio a fin y sin una clara distribución de actos, o subidas y bajadas de intensidad, que ayuden a dotarle de ritmo, por no hablar del abuso de la utilización de escenas de la película Electroma. Ese final abrupto y completamente inesperado es la guinda que confirma que el gran documental que se merece Daft Punk aún está por hacer. Edición muy mejorable.

Se trata de un documento de obligatorio visionado para todo melómano que haya vivido de espaldas al fenómeno Daft Punk y, al mismo tiempo, Daft Punk Unchained es un tren que podrán permitirse dejar pasar todos aquellos que ya estuviesen al tanto de cómo, cuándo y por qué Daft Punk ha conseguido revolucionar para siempre el concepto de música electrónica.

Las Ramblas, Anthony Coyle

A cinco pasos de Las Ramblas (Fotos)

Las Ramblas, exótico paraje barcelonés capaz de aunar lo peor y lo más peor de la humanidad, oculta una reflexión en cada rama. A poco que te fijes, superado ya el estímulo novedoso de las primeras zancadas en lo que un día fue un paseo con dignidad (y no un parque de atracciones de saldo), esta arteria de turistas chancleteros cámara en ristre y de vendedores de todo lo vendible (hachís, marihuana, cocaína, LSD, mamadas, polvos, cerveza, palos selfie y unos extraños artilugios voladores de luz azul) te devuelve sensaciones inconexas. Circenses.

Fuera quedan todos estos. Y dentro, los otros. Los que simplemente están.

A cinco pasos de Las Ramblas.

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Más fotografías en Flickr.

Batman vs Superman

Batman v Superman: razones para alegrarse de un fracaso

¿En qué loco mundo una película con ganancias de 622 millones de dólares es considerada un fracaso? En el loco mundo de Hollywood, claro. Warner Bros se gasta 250 millones en Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (27/100 en Rotten Tomatoes), recauda 872, y aquello es un no parar de titulares con exclamaciones y posterior bailar de sillas (ni un mes tardaron desde el estreno en abril en mover a dos ejecutivos y ponerlos al frente de la división cinematográfica DC para enmendar el asunto). Tan deseosos estaban en Warner-DC de emular las recaudaciones mil millonarias de cualquiera de las entregas de los Vengadores, los Iron Man y los Capitán América de Marvel-Disney (orilla de enfrente, espejo al que mirarse, rival a batir,), que la cosa les ha sabido a poco. El mundo nunca es suficiente, y no digamos ya 800 roñosos millones de dólares.

“Only in Hollywood” es el mantra que flota por Burbank y alrededores, masticado entre risas amargas por todos los productores, directores guionistas y chicos del café que alguna vez han cometido la torpeza de tratar de aplicar sentido común a lo que no lo tiene. Y de ahí la grandeza, ¿no? Hoy son los super héroes, ayer, la Tierra Media, mañana… ¿mañana? Si creen saberlo, deberían tirar para California. “¿Tampoco Jeremy Renner?, ¿Joder, también a ese le han puesto una capa?”, maldecía Riggan Thomson, interpretado por Michael Keaton, al intentar fichar a una estrella para su obrita de Broadway en Birdman (joyita de la que, a pesar del manojo de Oscars, demasiado poco se habla y a la que la historia algún día dejará en su justo lugar). Y qué buena es Birdman y qué autorreferencial era. Era. Porque justo cuando creías comprender el guiño, cuando te sentías en cierto modo cómplice del circo, partícipe de la farsa, Michael Keaton es confirmado como villano de la nueva de Spider-Man (segundo reboot en lo que va de década, y tercera saga en lo que va de milenio) para interpretar a, agárrense, El Buitre. Only in Hollywood.

Las Big Six Majors (Sony, Fox, Disney, Paramount, Universal y Warner Bros) llevan  demasiado tiempo esforzándose por recargar el sentido del cliché del loco Hollywood loco: ¿hemos normalizado ya en el público, que tragará cual oca cebada (casi) cualquier ocurrencia, los lanzamientos de películas troceadas (El Señor de los Anillos, Crepúsculo, Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte, Los Juegos del Hambre: Sinsajo)? ¿Sí?, pues vamos allá con James Cameron y sus cuatro (cuatro) secuelas anunciadas de Avatar. A veces la cosa falla, y he aquí la emoción de jugar a la ruleta: también se anunció una nueva trilogía Terminator para entretener el retiro político de Arnold Schwarzenegger que no ha sido tal (la primera salió rana), pero es que el bueno de Cameron, ludópata Cameron, ya ha confirmado que sus cuatro nuevos hijos verán la luz al mismo tiempo con un rodaje simultáneo en el que, palabras del director, “el lunes podría estar rodando una escena para la cuarta película y el martes una para la primera”. La gran belleza de todo esto llega cuando Cameron, lejos de haber sido tildado de loco, ha contado con cierto beneplácito por parte de los opinadores del mundillo: no está muy claro que de verdad haya público para cuatro entregas más de Pitufos en la selva, pero sí que este hombre es el director de las dos películas más taquilleras de la historia del cine: Titanic y, lo han adivinado, Avatar. Uno siente miedo con tan solo imaginar lo que él sabe de nosotros que nosotros aún no sabemos.

No siempre hay lugar para finales made in Hollywood, y, a veces, tirarse sin red acaba en hostia. Sin llegar a cotas de drama nivel John Carter, Wild Wild West, Waterworld o La isla de las cabezas cortadas, Batman v Superman inaugura un emocionante nuevo cajón: el de las películas hostiadas pero con amplios beneficios. Ahora que El amanecer de la Justicia encara el ocaso de su vida útil con el lanzamiento del DVD y Blu Ray (recién filtrados, ¡ups!), parece buen momento para entender qué ha fallado y hacer repaso de los errores que, por el bien de nuestra cordura, esperemos que alguien vuelva a cometer pronto en Hollywood. Porque lo previsible sería lo contrario. Porque lo previsible sería no entender absolutamente nada (¿otro reboot de Spider-Man? ¿En serio?)

Nadie duda de que si el Real Madrid sale con los suplentes, la audiencia se queda flácida. Por eso, si Batman v Superman no ha logrado siquiera acercarse a los números del equipo estrella de Marvel, Los Vengadores, ¿qué será de películas DC ya anunciadas y con fecha de estreno como Wonder Woman, Justice League (dos entregas) o The Flash? Nadie serio pone en duda que casi 900 millones de taquilla son una buena noticia, pero sí que estos cimientos sean base suficiente como para levantar un imperio a imagen y semejanza de ese con el que Marvel lleva desde 2008 imprimiendo billetes a espuertas. Esa es una liga muy distinta. Superman es un personaje que pertenece a la cultura popular, pero Aquaman (27 de julio de 2018) puede sonar a personaje sacado de la cabeza de un loco, por mucho que el protagonista sea el Khal Drogo de Juego de Tronos (la compi de Terminator en su fallida resurrección Genisys del 2015 fue Emilia Clarke a.k.a. Daenerys Targaryen).

A ratos, a Batman v Superman se le notan demasiado esas ganas de sentar cimientos, destacando por encima de todo la escena, obtusa e inconexa con el resto de la cinta, en la que Wonder Woman reproduce en su ordenador, a modo de teasers de las próximas películas DC, unos vídeos confidenciales robados en los que vemos los poderes de tres de los próximos grandes super héroes de la casa con filme propio (personajes que no vuelven a aparecer en la trama). Desde la butaca, aquello pareció cuanto menos un corte publicitario dentro de una película por la que acababas de pagar para ver.

No es ningún secreto que la presencia femenina de la cinta persigue lo mismo que la de las heroínas Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) en Los Juegos del Hambre, Rey (Daisy Ridley) en Star Wars: El Despertar de la Fuerza o, estas navidades, Jyn Erso (Felicity Jones) en Rogue One: A star Wars Story: empatía hacia el público femenino, el nuevo trozo de pastel a conquistar por el respetabilísimo, pero freak, cine freak. Todo correcto, salvo un fleco: no puedes establecer en el título de la cinta un duopolio entre el Hombre Murciélago y el Hombre de Acero si luego no es tal. Quiero mi dinero.

El volumen ofensivo de metraje avanzado por Warner Bros antes del estreno (tema que abordaremos enseguida) ya dejó bien claro que el clímax de Batman v Superman estaba protagonizado por esta santa trinidad de héroes DC luchando mano a mano contra una nueva bestia. Pero incluso el fan precavido que había logrado esquivar la masa de teasers, tráilers, fotos, posters y declaraciones pudo haber tenido la desgracia de toparse con el spot televisivo, y descubrir que al final el falaz combate del siglo era sustituido por un todos contra Doomsday, enésima criatura monstruosa con aspecto de vómito parida por Hollywood, por si acaso a la ciencia ficción le hacían falta más.

La estafa en el título de Batman v Superman muta en engañifa tras la vergonzosa escena en la que se entierran las somantas gracias a que las madres de los susodichos se llaman igual: Martha. Habría estado bien ver cómo le explicaron el pastel a la otra, a la heroína; al fin y al cabo, esta película tenía entre sus cientos de objetivos el de prologar el largometraje de Wonder Woman, con fecha de estreno para el 2 de junio del año que viene.

—Pero oiga, no se indigne usted tanto, que la película se llama Batman v Superman, no Batman VS Superman —se ha llegado a leer. Claro que sí: nadie había albergado la remota posibilidad de que el clímax de la cinta fuese a ser el de un combate entre los dos personajes que dan nombre a la película. La triquiñuela recuerda a lo sucedido unos meses antes con un gran lanzamiento de la industria del videojuego: Metal Gear Solid V. Por mucho que los medios se empeñasen en bautizarlo como el quinto en la línea sucesoria (cosa lógica, teniendo en cuenta que el anterior se llama Metal Gear Solid 4), Hideo Kojima publicó un tuit en el que dejó caer que la V hace referencia a Venom, nombre del protagonista verdadero (que solo descubrimos al final) de un juego que ha estado rodeado por la polémica, que ha sido publicado a medio hacer y que le ha costado al desarrollador japonés el despido de la legendaria compañía desarrolladora Konami. Con este precedente, la cinta de Warner Bros bien podría haberse llamado Batman feat. Superman. O al revés, ya que en rigor estamos ante una secuela de la también dirigida por Zack Snyder  El Hombre de Acero (cinta que recaudó menos que BvS, ¡buenas noticias al fin!).

Hace un par de párrafos hemos mencionado la palabra tráiler muy al estilo años noventa: como si sólo hubiese existido uno. Desde los primeros segundos de metraje publicados por Warner Bros un año antes del estreno (que ya nos enseñaron el comienzo del enfrentamiento bajo la lluvia de los dos susodichos, así como el nuevo traje-armadura de Batman) hasta el tráiler final (por no hablar de los teaser tráilers pre tráilers hechos como avance de los propios avances, y del chorreo imparable de filtraciones de fans con teleobjetivos demasiado caros y amor propio demasiado escaso), Warner Bros ha trabajado duro para que el visionado de la película fuese un continuo “¡ah, esto es lo del tráiler!”. El fan de DC ha dispuesto, sin exagerar, de dos sólidos años de filtraciones constantes a las que sumar una campaña promocional colindante con el terrorismo que, para la fecha del estreno, ya había revelado un total de once minutos de metraje, entre los cuáles se encontraban todos los momentos clave de la cinta a excepción del último (spoiler inminentes en breve). ¿Por qué el espectador permite esto? ¿De verdad es de recibo enfrentarse a dos horas y media de película y tragar con todo aquello que ya sabemos que pasará a cambio de una mínima subida en las pulsaciones con la sorpresa final? ¿Y qué pasa cuando, encima, la sorpresa final, esto es, la muerte de Superman, es rectificada y vaciada de sentido en unos últimos segundos de metraje en los que se evidencia que ahí lo único que ha muerto es el amor al cine, a la historia y al guión cocinado con calor, amor y sin triquiñuelas?

El principal problema de Batman v Superman es que intenta contar demasiado en muy poco tiempo. Hasta Jeremy Irons (mayordomo Alfred Pennyworth) ha tildado la película de “sobrecargada y muy confusa. Las tres horas de metraje final de la versión doméstica Ultimate Edition se antojan insuficientes para dotar de sentido, unidad y coherencia a semejante madeja de personajes, tramas, conflictos y ambiciones personales. Sencillamente no funciona. Al menos, para el público generalista al que va enfocado toda producción cuyo coste se cuente en centenas de millones de dólares. Los fans, llamémosles freaks, llamémosles entusiastas, que sabían que esta cinta en el fondo es El Hombre de Acero 2 fueron al cine con los deberes hechos y, claro, así, sí. En Batman v Superman falta background  y sobran personajes. Y prisas. Faltan ganas de arriesgarse y sobra la cobardía de no querer llevar a los cines una película de tres horas (o más, a Zack Snyder le quedó una primera versión de cuatro) que, claro está, echaría para atrás a más de uno: a todo aquel interesado, pero tampoco tan interesado, en ver a Batman peleándose con Superman.

La factoría DC se distingue por su tono oscuro y realista, con producciones envueltas en un manto lúgubre de pesimismo: sí, también hay chistes, pero son de los de poner cara seria. Desde luego, es de agradecer que a los super héroes se les baje la saturación de los colores, pero al final del día, quizás la fórmula no sea del todo compatible (o tan compatible) con tantísimos millones de espectadores como los que Marvel es capaz de congregar en cada una de sus epifanías digitales. Y casi sin esfuerzo: dejando de lado el éxito sin ambages (y muy superior a Batman v Superman) de Capitán América 3: Civil War, su último triunfo inesperado ha sido Deadpool (propiedad de Fox): una cinta clasificada para mayores de 18 años que con un presupuesto mucho más bajo que el habitual por estos lares de salva mundos (58 millones) ha superado en taquilla al coloso 50 sombras de Grey. Ya se ha anunciado una secuela que pocos meses atrás no figuraba en ninguna hoja de ruta. A Marvel le sale solo y a DC, por ahora, parece que le cuesta. En agosto tendrán su segunda oportunidad con Escuadrón Suicida, una reunión de villanos DC entre los que están Jared Leto (el nuevo Joker), Margot Robbie, Will Smith y Cara Delevingne. No es el Real Madrid con su once estrella, pero tampoco es el Córdoba.

Que los planes de mega éxito de Warner Bros para con Batman v Superman hayan terminado siendo un éxito a secas (y entre comillas) es digno de celebración. Hay que congratularse de que para fabricar un blockbuster de acción siga siendo indispensable (casi siempre) un algo más allá de Dinero + Famosos. Dicho esto, e independientemente de la opinión que uno tenga de las fanfarrias audiovisuales de Marvel, sería cínico dejar de aplaudir lo logrado por la compañía comandada por Kevin Feige. Un aplauso frío, aséptico, como el que podría dedicarle cualquier físico del 45 al milagro de la bomba atómica, daños colaterales a un lado; mera constatación de hechos: nunca antes ninguna otra compañía había logrado estar más cerca del sueño dorado de Hollywood: la fabricación seriada de pelotazos. Lo que sobre la superficie tiene aspecto de amalgama de sagas y secuelas es, en el fondo del vaso, un puzzle cuidadosamente orquestado de películas que obligarán al espectador exigente a tener que consumirlas todas. La última entrega del Capitán América ha sido una disputa interna entre todos Los Vengadores, Iron-Man será el mentor de Spider-Man en la nueva Homecoming, ya se ha confirmado que Hulk atravesará serios conflictos emocionales en la nueva Thor: Ragnarok, y como colofón, en 2018 y 2019 llegarán las dos entregas de Infinity War, guinda final de Los Vengadores, donde se darán cita absolutamente todos los super héroes aparecidos en las 13 películas que llevamos, y las ocho que restan (Doctor Extraño, Pantera Negra, Capitana Marvel…). Y Warner Bros-DC quiere copiar esto.

Las películas de super héroes Marvel existen desde hace décadas, las piezas ya estaban ahí, pero ha sido mérito de Disney saber no ya armar el puzzle, sino saber que había un puzzle. Como dijo el CEO de Disney tras la compra de Marvel en el 2009 por 4.000 millones de dólares, “la estrategia es crear un negocio más fuerte que el de la suma de sus partes”. El holismo  King Size ha llegado a Hollywood. Disney se la jugó y los caballos le están saliendo buenos. Es lógico que a Warner Bros imitar la gesta vaya a costarle algo más que dinero.

Vamo a calmarno con POKEMON GO?

El primer videojuego de la historia que no se puede jugar en casa

Las autoridades han tenido que intervenir: “Aunque la estación de policía aparece como una parada Pokémon, por favor ten en cuenta que no tienes que entrar para obtener pokéballs”. El cartel, colgado la semana pasada en la puerta de una comisaría de la ciudad australiana de Darwin, acaba de inaugurar la previsible y larga ristra de noticias rocambolescas que se nos avecinan con Pokémon GO, el primer videojuego para teléfonos móviles al que no es posible jugar desde el sofá de casa. El primer videojuego con el que, quizás, los niños vuelvan a asomarse a las calles.

(De hecho, en el rato entre el que escribo esto y publico ya ha aparecido un muchacho que ha encontrado un cadáver en un río gracias a que estaba jugando a Pokémon GO y un grupo de delincuentes que usan el juego para “atracar a personas a punta de pistola”)

Lanzado de forma oficial e inesperada el miércoles en EE UU (y extraoficialmente en todo el mundo, gracias a los paquetes instaladores denominados APK, desarrollados y distribuidos por fans altruistas), Pokémon GO ya ha conseguido ser el lanzamiento de juego de teléfonos móviles más ruidoso que se recuerda: número 1 en la App Store de Estados Unidos y subida inmediata del 10% de las acciones de Nintendo. Y todo, gracias a una combinación entre el universo de una franquicia con 20 años de éxito y una idea simple pero nunca antes explorada: tu ciudad es el mapa de juego. Y no, no nos referimos a la L.A/Los Santos de Grand Theft Auto V. Nos referimos a tu ciudad, tu pueblo. Tu barrio. GPS mediante, si tú no te mueves, el personaje no se mueve.

Imaginemos la herramienta Google Maps con cientos de miles de mascotas virtuales enterradas bajo sus calles esperando a ser capturadas y, salteadas por el mundo, paradas de recarga de suministros (Poke-paradas como la de la comisaría de Darwin) y templos de combate (gimnasios) donde los jugadores compiten entre ellos para conquistar el lugar y dejar su bandera clavada. Eso es Pokémon GO.

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Tanto las paradas como los gimnasios cuentan con su respectiva fotografía identificativa (el mercado de la Boquería es uno de los gimnasios más cotizados del centro de Barcelona), sacada de la ingente base de datos construida años atrás por los usuarios de Ingress, un juego basado en la realidad aumentada y desarrollado también por Niantic junto a Google del que ya nadie se acuerda. No triunfó tanto aunque, claro, tampoco contó con el aval de venir respaldado por una franquicia con más de 300 millones de videojuegos vendidos a sus espaldas.

Desde que aquello de los videojuegos dejó de ser un asunto infantil y relativamente minoritario para mutar, gracias a Sony y Microsoft, en plataforma de superproducciones interactivas millonarias capaces de codearse con el séptimo arte (también en el plano artístico),  Nintendo ha mantenido una profunda cabezonería en hacer las cosas a su modo. Mientras Playstation y Xbox se llenaban (y llenan) los bolsillos apelando a los instintos del amante de la acción con gráficos hiperrealistas, Nintendo ha seguido más empeñada en el cómo que en el qué: así lo atestiguan la Wii con su béisbol interactivo, la portátil 3DS con su doble pantalla de lápiz táctil, y la Wii U con su mando-tablet y su asombrosamente breve esperanza de vida (la sucesora Nintendo NX sale en marzo). Así lo atestigua ahora Pokémon GO, el primer videojuego con el que Nintendo ha roto una regla sagrada que había mantenido desde su fundación: no poner a la venta un videojuego diseñado para una plataforma que no sea de Nintendo.

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Pokémon GO ni siquiera se pone a la venta: cualquiera puede bajárselo gratis para  iOS y Android a través de sus respetivas tiendas. La mala situación económica de la compañía radicada en Kioto, sumada a las atractivas posibilidades de un ‘smartphone’ con cámara, giroscopio, GPS e Internet, la han animado a sumarse a la moda de los Free-to-play: juegos gratuitos con micro pagos (de dinero real) opcionales que ahorran tiempo al jugador pero que, detalle importante, no suponen una ventaja cualitativa frente al resto de competidores.

En Pokémon GO puedes gastar cuantos euros quieras en créditos para comprar Pokéballs (los artilugios con los que dar caza a las criaturas) o bien puedes acercarte a tu ‘Poke-parada’ más cercana y llevarte unas cuantas gratis para así continuar con la misión de prácticamente todo el medio centenar de videojuegos de la saga aparecidos desde 1996: hacerse con todos (por ahora están disponibles las primeras 150 criaturas de un total de 721, lista que aumentará con el lanzamiento en noviembre de la séptima generación de juegos, Pokémon Sol y Luna). Todo Pokémon GO está centrado en esquivar el sedentarismo y en explorar y (re)descubrir tu ciudad. En el inventario hay incluso con unos huevos que sólo eclosionarán cuando caminemos dos, tres o hasta diez kilómetros, dando lugar a un nuevo Pokémon para nuestra colección. Si quieres conquistar un gimnasio, tienes que ponernos los zapatos e ir hasta él. Si quieres nuevas criaturas, tienes que salir del barrio.

A poco que camines por el mapa callejero, tu teléfono vibrará cuando un Pokémon se encuentre cerca, brindándote la opción de capturarlo con Pokéballs mediante una serie de sencillos toques que tienen lugar en un decorado diferente: el que esté enfocando la cámara del teléfono móvil, con la criatura integrada en el escenario real y esperando a que le ataques. La mecánica tiene poco que ver con los juegos tradicionales de la saga porque, comprensiblemente, Nintendo no va a ofrecer gratis una experiencia por la que en la consola 3DS hay que pasar por caja obligatoriamente.

Este es uno de los puntos débiles de Pokémon GO, un sistema de combate demasiado simplificado, además de cierta sensación de soledad un tanto decepcionante para todo aquel que espere encontrar en este título el grado de interactividad y posibilidades que ofrece todo juego online masivo. No, aquí estás tú, los Pokémon y (casi) nada más, ya que solo los gimnasios están custodiados por otros jugadores como tú. Es previsible que futuras actualizaciones mejoren este panorama. El punto a favor de Pokémon GO es evidente: en pleno 2016, con la industria del videojuego estancada y saciada de la retahíla de secuelas y fórmulas seguras, un título consigue desempolvar esa extraña sensación de redescubrirse uno por dentro. Con todo lo que ello conlleva: aquellos que aún estuviesen digiriendo el desfile de zombies urbanitas propiciada por la invasión de la mensajería smartphone deberían ir preparando el cuerpo para la que se nos viene encima con el factible éxito de este título entre los más jóvenes. Todo sea por que vuelvan a salir a la calle.

Muere Víctor Barrios

Muerte en la tarde

31 años hacía desde la última vez que un toro mataba a un torero en España. Esta tarde, Víctor Barrio, que ni había nacido cuando Burlero se llevó a El Yiyo por delante en 1985, ha puesto el contador a cero. Por mucho que los entendidos digan que ha sido culpa de una ráfaga de viento, en el vídeo lo único que se ve, que se intuye hasta el dolor, es el cuerno arrasando el corazón del chaval. Nada más se ve, sólo la embestida sorda y mortal.

El “matador de toros”, tal y como aún reza en la descripción su perfil de Twitter, retuiteó hace tres semanas las fotografías de los toros que hoy murieron en Teruel, entre las que estaba la de Lorenzo, su Lorenzo, de 526 kilos y también muerto.

Porque viva o muera el torero, el toro acaba muerto.

Media tonelada de bestia que murió matando.

En su último tuit, Víctor aseguró estar “con la mente puesta en Teruel”. Ahora, también lo está con el corazón, comenta el periodista Rubén Amón, taurino él, en una crónica titulada Los dioses tienen sed.

Entre los retuits del torero destacan los mensajes de apoyo de la Asociación Cultural Taurina Amigos de Víctor Barrio (#SoyBarriero). Habida cuenta del entusiasmo con el que seguían al matador, la súbita inactividad de la cuenta habla por sí sola. Silencio. Su último tuit fue la orden de lidia de la corrida en la que, 31 años después, un toro ha matado a un torero. Y nada más, ni un pésame, ni un DEP. Silencios que matan. Como el de una ráfaga de viento.

Simone Folcarelli

Simone Folcarelli

Mi amigo Simone un día me habló sobre una curiosa prueba física y mental con la que puedes averiguar, sin necesidad de tutoriales, profesores o escuelas de música de por medio, si estás hecho o no para tocar la batería.

Tienes que sentarte frente a una mesa y apoyar en el borde el final de tus dos índices, bien estirados como gusanos. Luego, al mismo tiempo que con uno de ellos golpeas repetidas veces la superficie como si matases a una mosca que ni se mueve ni se quiere morir, con el otro tienes que barrer horizontalmente.

Cuando lo creas oportuno, has de ser capaz de intercambiar a la velocidad del rayo lo que estabas haciendo con los dedos, de manera que el que antes barría ahora golpea, y viceversa. Clic. Y luego otra vez. Clic. Y otra, y otra. No pensar, simplemente hacerlo. Clic, clic, clic.

Nunca fui capaz. Poco después le hice este vídeo, también a base de clics, clics, clics. Pero de la cámara, y con solo el índice derecho.